PLANETA URBANO – Por Facundo Cancro

De espacios de tránsito a plataformas culturales y comerciales, los aeropuertos redefinen la experiencia de viajar y se convierten en el primer relato de cada destino.
Durante décadas, los aeropuertos fueron pensados como espacios de paso, territorios neutros donde la espera era apenas una pausa obligada antes de llegar al verdadero destino. Hoy, esa lógica cambió. Las terminales aéreas se transforman en ecosistemas de consumo, cultura y entretenimiento, donde el viaje empieza antes de subir al avión y los aeropuertos son una antesala de la identidad del lugar de destino.
Investigaciones de la consultora Trendsity señalan que este cambio responde a una nueva forma de entender la infraestructura aeroportuaria. Con millones de pasajeros circulando cada año y tiempos de permanencia cada vez más largos, los aeropuertos dejan de ser meros nodos logísticos para consolidarse como territorios estratégicos para la economía cultural y el comercio. En algunos casos, incluso, funcionan como pequeñas ciudades autónomas.

Según Mariela Mociulsky, CEO de Trendsity, estos espacios adquieren un rol simbólico clave: “Los aeropuertos funcionan como la primera y la última impresión de un país. Por eso cada vez más terminales incorporan arte local, diseño regional y propuestas gastronómicas que actúan como embajadores culturales”.
Aeropuertos como destino
En Argentina, el caso paradigmático es el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini. Principal puerta de entrada al país, atravesó en los últimos años una transformación integral orientada a escalar a estándares internacionales. El rediseño de recorridos, la automatización de procesos —desde el equipaje hasta los controles— y la incorporación de tecnología invisible apuntan a una experiencia más fluida, ágil y predecible.
El cambio no es menor: el foco ya no está únicamente en transportar pasajeros, sino en cómo se habita ese tránsito. La certificación de Experiencia del Cliente otorgada por Airports Council International (ACI), Nivel 1, refuerza ese camino y posiciona a Ezeiza dentro de un mapa regional donde la experiencia empieza a ser un diferencial competitivo.

Si se mira hacia otras regiones, el fenómeno alcanza niveles aún más sofisticados. El Aeropuerto Changi, en Singapur, es probablemente el ejemplo más citado: jardines tropicales, una cascada interior, salas de cine y una oferta comercial que convierte la escala en una experiencia turística en sí misma. En Medio Oriente, Hamad International Airport apuesta por el cruce entre arte contemporáneo y retail de lujo, integrando instalaciones artísticas de gran escala en el recorrido del pasajero.
En América Latina, la transformación también avanza con una impronta propia. El Aeropuerto Internacional El Dorado, en Bogotá, incorpora tiendas de diseñadores locales, café colombiano de especialidad y propuestas gastronómicas que funcionan como una primera aproximación a la identidad del país. Algo similar ocurre en el Aeropuerto Internacional Arturo Merino Benitez, donde la expansión reciente sumó restaurantes de chefs reconocidos y espacios comerciales centrados en productos nacionales.

Incluso en Ezeiza, la renovación de áreas gastronómicas y de retail busca consolidar al aeropuerto como una vitrina contemporánea de la cultura argentina, capaz de condensar en pocas horas una narrativa local para el visitante internacional.En ese cruce entre infraestructura, experiencia y relato, los aeropuertos se convierten en no-lugares más cómodos y consumibles, donde el viaje empieza mucho antes del despegue. Y, en algunos casos, donde también vale la pena quedarse un poco más.


